Empezar el martes

Son las nueve y media de la mañana. A esta hora el café y los cigarros han hecho ya su efecto de refrán y voy al baño. Otra vez regular.

Sé que no es la cafeína y también sé que no es la tostada de hummus que he desayunado. Tengo que convencerme durante un rato largo de que tampoco es cáncer de colon. Te han hecho pruebas, Clara, no te pasa nada. Puede que esta sea la frase que más me repito a lo largo de la vida.

No te pasa nada.

Pienso en otras posibilidades, cáncer en el intestino, en el estómago, enfermedad de Crohn, intolerancia a algún alimento, pero no puede ser, me lo han mirado todo, he pasado por todos los médicos de la ciudad, estoy a dos consultas de que me empiecen a mandar tarjetas en Navidad.

De repente me doy cuenta de que también me duelen los dientes. Bueno, ¿ves?, te duelen los dientes. Eso es que los has estado apretando toda la noche, tienes el incisivo cada vez más torcido, como si hubieras nacido en Bristol. Es ansiedad, la amiga de siempre.

Vale, me lo creo, al menos un setenta y ocho por cierto, aunque supongo que la idea del cáncer seguirá durante todo el día molestando en segundo plano y luego me costará un rato subirme en el ascensor porque tendré miedo a quedarme encerrada, que se vaya la luz, se descuelgue y muera aplastada por la caída de cinco pisos. ¿Es mejor seguir de pie si el ascensor cae al vacío o disminuyen las posibilidades de morir si me siento?

No tengo ni idea de física.

Ya puedo empezar el martes.

Anuncios