Veintiséis

No estoy segura de que hubiera

alguna vez en todo el tiempo

que decidió compartir conmigo

mariposas.

Lo que siempre me provocaba

era una especie de presión

en la boca del estómago,

un notar cómo la bilis sube

hasta llegar casi a la lengua,

el adelanto del sabor agrio

de los jugos internos de uno mismo,

de la parte desordenada y fea

que son las entrañas.

Eso sí que no lo echo de menos.

Ni una sola buena digestión tuve

en todo el tiempo que pasé

enamorándome de Jaime.

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