Veintiséis

No estoy segura de que hubiera

alguna vez en todo el tiempo

que decidió compartir conmigo

mariposas.

Lo que siempre me provocaba

era una especie de presión

en la boca del estómago,

un notar cómo la bilis sube

hasta llegar casi a la lengua,

el adelanto del sabor agrio

de los jugos internos de uno mismo,

de la parte desordenada y fea

que son las entrañas.

Eso sí que no lo echo de menos.

Ni una sola buena digestión tuve

en todo el tiempo que pasé

enamorándome de Jaime.

Autobiografía Literaria

Uno de los profesores de mi máster nos ha hecho escribir una autobiografía literaria que, para no variar, he hecho en el último minuto.

La dejo aquí.

Creo que lo más importante es empezar avisando de que tengo un problema. No. Tengo dos. El primero es la memoria, que no tengo, y el otro es que mi colección de libros está casi en su totalidad en Madrid, por lo que no puedo mirarla para intentar activar las partes de mi memoria que están durmiendo.
Al escribir una autobiografía literaria me he dado cuenta de que hasta los veinte años mi relación con la literatura está íntimamente relacionada con la figura de mi madre y mi relación con ella. Es la persona que me regaló casi todos los libros de mi infancia y adolescencia, la que me llevó a pasar horas a librerías para elegir lo que quería leer y la que me recomendó libros cuando empecé a comprarlos yo misma. A partir de los veinte su figura se separa, pero sigue presente, no puede seguir recomendándome títulos, pero sigue ahí en los libros que todavía están en su biblioteca.

Yo aprendí a leer en el colegio, a la vez que el resto de mis compañeros de clase, cuando tenía unos cinco años. Leer entendido como la acción de descifrar un código y que pueda significar cosas, pero aprendí a leer como acto individual de conexión con los libros en casa, porque me enseñó mi madre, que me dijo que lo más importante cuando ibas por primera vez a casa de alguien era mirar si tenía libros, porque eso sólo puede significar cosas buenas. Luego descubrí en algún lado que John Waters una vez dijo algo parecido, así que no podían estar los dos equivocados.
La primera conexión que tuve con la literatura, y con la poesía en concreto y también mi primer modelo a seguir en la vida fue Gloria Fuertes, posiblemente como para la mayoría de los niños, aunque con los años descubrí también su poesía para adultos y me siguió gustando tanto como cuando era pequeña. Los libros de poemas de Gloria Fuertes fueron los que me animaron a mí a escribir poesía, alrededor de los seis años, y los que me enseñaron a entender el mundo como algo divertido.
Durante todos los años de educación primaria estuve enferma al menos once veces. De esto estoy segura porque mi madre me regalaba un libro de Mafalda cada vez que tenía que quedarme en casa por una gripe o algo similar y cuando llegué a sexto curso tenía toda la colección. Estoy convencida de que era incapaz de entender todo lo que decían las tiras de Quino, porque las he releído muchas veces con los años y sólo he sido capaz de comprender algunos chistes siendo ya mayor, pero aun así eran de mis favoritos. También jugaron un papel importante mientras estaba creciendo porque me hubiera gustado parecerme a Mafalda, tener sus amigos y sentirme adulta aun siendo pequeña.
Como hablamos en clase, a veces la literatura sirve para sentir que no estás solo. Eso le pasaba a Matilda, la protagonista del libro homónimo de Roald Dahl, y eso mismo me pasaba a mí. Tenía bastantes libros de este autor y mis favoritos eran Las brujas, Charlie y la fábrica de chocolate, James y el melocotón gigante y Matilda. Hubo una temporada en la que incluso estaba convencida de que yo podía ser como Matilda y tener poderes telequinéticos, de la misma forma que con once años esperé la carta de Hogwarts. Tenía la misma edad que Harry Potter y también tenía gafas, ¿qué podía fallar? El libro me hizo sentir tan identificada que supongo que quise creer que podía ser real, no sólo la parte de devorar libros sin mesura sino también la parte mágica, que era un poco más interesante. No puedo recordar cuántas veces leí Matilda, pero supongo que fueron muchas. Me reconfortaba la idea de que alguien pudiera sentirse igual que yo y quisiera refugiarse en los libros para no sentirse tan sola.
Unos años después, no puedo recordar la edad, ya que como ya he dicho, la memoria no es mi fuerte, y las fechas eran lo que siempre me hacía suspender los exámenes de Historia (estudiar poco también puede que influyera algo), recuerdo que mi madre me regaló La ciudad de las bestias y me hizo enamorarme de Isabel Allende. Este libro en concreto marcó un momento importante porque fue el que hizo que yo dejara de leer solamente mis propios libros y empezara a sentirme suficientemente mayor como para curiosear en la biblioteca de casa, en los libros “de mayores”. La casa de los espíritus, sin embargo, es mi libro favorito de esta autora. Me hizo asomar la cabeza y bucear en el realismo mágico y en la literatura hispanoamericana en general. Uno de los elementos importantes entre este libro y mi amor por él es que quise ver una semejanza entre mi familia, llena de mujeres interesantes pero muy diferentes, cada una de un color, y la familia que relata esta historia, las mujeres del Valle, todas diferentes pero parecidas.
A partir de este momento dejé de leer literatura infantil y juvenil (más o menos, porque Harry Potter siguió ahí) y pasé a la literatura normal. Literatura, sin más, a secas.
A los catorce o quince le robé a mi madre Castillos de cartón. Uso el verbo robar porque no le dije a nadie que lo estaba leyendo hasta que lo terminé. Este libro supuso un momento importante en mi vida porque lo leí más o menos al mismo tiempo que vi Soñadores, la película de Bertolucci, y se convirtió en una especie de símbolo de adolescencia, de libertad, de ganas de ir a la universidad y conocer otra gente, con pasión por lo que aún no conocen y ansia de aprender. Supongo que más o menos fue este el momento en el que una deja de ser una niña y se convierte es una adolescente intensita. No me arrepiento, en realidad, pero Almudena Grandes tiene mucha culpa de haberme convertido en la persona que soy desde entonces.

Cuando terminé de leer Castillos de cartón y me había enamorado locamente de Marcos y de Jaime y quería cambiarme el nombre a uno que no dejara claro si pertenecía a hombre o a mujer, hacerme mayor y fumar en pipa e irme de vacaciones con mis amigos a hablar de arte, se lo conté a mi madre. En un primer momento se asustó, pero luego se resignó y creo que a partir de ahí empezó a considerarme adulta.
Descubrí Alicia en el país de las maravillas alrededor de los diecisiete, en una edición antigua que mi padre se dejó en mi casa. Había visto la película de pequeña y me gustaba, pero quise leer el libro, y me enamoró tanto que empecé una colección de ediciones de Alicia que actualmente cuenta con doce ejemplares. Lo considero importante no sólo por lo mucho que me gustó al leerlo la primera vez o por lo interesante que me pareció todo el contexto que existe alrededor de la figura de Carroll o de la propia historia, sino porque adquirió el mágico poder de calmarme los ataques de ansiedad. Durante mucho tiempo tuve que llevar este libro allá donde fuera porque si estaba nerviosa y necesitaba sentirme tranquila y segura, sabía que podía leer un trocito y lo conseguiría.
Más adelante, cuando estaba en el instituto cursando segundo de bachillerato, mi clase estaba en obras, por lo que durante unos meses dimos las clases en la biblioteca de mi edificio. No estudié casi nada, pero leí mucho ese durante ese tiempo. Al lado de mi mesa había un estante de obras de teatro, de la que cogí varias veces La importancia de llamarse Ernesto de Oscar Wilde, para leerlo en clase. Me gustó tanto, me hizo reír tantas veces, me hizo amar el teatro con tanta locura que me lo acabé quedando. Sí, fue un robo. Culpable.
Un poco después, en un taller de poesía conocí la literatura de Agustín Fernández Mallo y la trilogía Nocilla. Nocilla Dream es uno de mis libros favoritos, pero también uno de los que me ha provocado más angustia. Me hizo descubrir otro tipo de literatura, la que se salta todas las normas, la que es prosa y poesía a la vez, la que es cine escrito y la que lees y te lamentas porque no se te ha ocurrido antes a ti. Sin embargo, tiene un algo que lo hace parecer atropellado, que no deja pausas para respirar, que hizo que en algún momento tuviera que parar de leer para coger aire e intentar no morirme de ansiedad. El combo Alicia + Nocilla quizá hubiera sido la pareja perfecta para mi equilibrio mental.
He intentado mantener un orden cronológico, pero es imposible, lo mío no son las fechas y creo que para cuando leí Nocilla ya había leído Extracción de la piedra de la locura y había escrito en una de mis zapatillas “Señor, la jaula se ha vuelto pájaro”. Es posible que de Alejandra Pizarnik me enamorara un poco, que quisiera entender leyendo sus poemas qué habría tenido que pasar para que no se matara, y también que haya conseguido que yo me entienda mejor a mí misma, que haya encontrado un punto en común como me pasó de pequeña con Matilda, y que me haya devuelto las ganas de escribir cuando se han marchado. Con este libro me ocurrió que hasta hace dos años no lo leí como libro, no lo tuve en mis manos físicamente, sino que primero leí sus poemas online y después leí sus poemas en varias librerías, sin llegar a comprarlo nunca. Al final tuvieron que regalármelo.
Otro de los libros importantes en mi vida hasta el momento ha sido El gran Gatsby, que leí del tirón una noche y luego me arrepentí porque había terminado demasiado rápido. La luz verde, Daisy, el jazz, las fiestas y los años 20. Mi memoria es bastante pobre y sin embargo recuerdo perfectamente la noche que leí este libro, no esperaba nada de él y me volvió loca.
Los dos últimos años he leído bastante sobre mujeres y feminismo, y los dos libros que han sido la base de todo ese conocimiento y que han pasado a ser también dos de mis libros favoritos han sido Una habitación propia, de Virginia Woolf y Como ser mujer, de Caitlin Moran. Lo fascinante de estos dos libros es que, pese a haber sido escritos con ochenta años de diferencia, se parecen en lo esencial, y son importantes para mí porque me han hecho abrir los ojos y darme cuenta de que todavía queda mucho camino pero que, por suerte, hay muchas otras mujeres alrededor del mundo pensando lo mismo que pienso yo y preguntándose las mismas cosas que me pregunto yo.
Para terminar, quiero comentar que hay solamente tres libros que no he podido terminar porque me han parecido demasiado malos: Cincuenta sombras de Grey, que intenté leer para poder criticar con fundamento, El código Da Vinci, que alguien me recomendó porque supongo que no me conocía en absoluto y El capitán Alatriste, que me obligaron a leer en el colegio y no fui capaz, hecho que mi madre entendió y por el cual me dio permiso para buscar un resumen en internet. Este último despierta un odio desmedido en mí. Arturo Pérez Reverte es, probablemente, el autor que menos me gusta del mundo. Se juega el puesto con algún otro, pero de momento se mantiene en primera posición.
El último libro que he leído ha sido Las Chicas, de Emma Cline, que me ha gustado sin llegar a encantarme y que terminé anteayer. Ayer empecé The time of my life, un ensayo de Hadley Freeman y un par de libros que espero leer próximamente son la colección de relatos de Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza y La utilidad de lo inútil, de Nuccio Ordine.

Pájaro Roca

El pájaro roca tiene las alas pegadas al cuerpo

solo vuela bocabajo

enfadado

se pregunta por qué otros pájaros tienen las alas

despegadas

por qué otros pájaros vuelan en bandada.

El pájaro roca tiene el peso del aire saturado

se esconde porque tiene miedo

guarda las lágrimas calientes entre las plumas

para que nadie las vea

para que no se evaporen y se conviertan en nube.

El pájaro roca no quiere morir

pero está solo.