La palabra de siempre.

He dormido contigo seiscientas nueve noches.

Ya es hora de que te largues.

O al menos cállate. Déjame oír el ruido del filtro de la pecera,
la lluvia, que en verano huele mejor. Las vecinas.
Las conversaciones de mi hermana dormida
la música de mis sueños… Z… z… z…
sus ronquidos, si esa noche duerme conmigo,
los gritos de todos mis pensamientos, que se ordenan en cajitas, por colores, estaciones del año, de metro, tamaños y también alfabéticamente.
El perro que a veces ladra.
El calor, que suena y suena y duele.

Quiero escuchar. Apártate, déjame un sitio en mi cama.

Descubriendo poetas a medianoche.

Desventurados los que divisaron
a una muchacha en el Metro

y se enamoraron de golpe
y la siguieron enloquecidos

y la perdieron para siempre entre la multitud

Porque ellos serán condenados
a vagar sin rumbo por las estaciones

y a llorar con las canciones de amor
que los músicos ambulantes entonan en los túneles

y quizás el amor no es más que eso:

una mujer o un hombre que desciende de un carro
en cualquier estación del Metro

y resplandece unos segundos
y se pierde en la noche sin nombre.

Oscar Hahn.