No paraba de llover

Me contaron los del mercado que arriba, en el número 23, vive una mujer con balcones rotos y jirones en la piel, y los ojos color miel.

Y en los días de lluvia, sale a pasear hasta el banco que queda donde la estación de tren. Y allí canta canciones para quien quiera escuchar.

La nostalgia que trajo desde su hogar, y la historia de una vieja manta que se olvidó en aquel cajón del aparador.

Que ocupaba la pared donde colgaban las fotos que no pudo recoger cuando tuvo que salir, aquel día que no paraba de llover. Y en el banco que queda donde la estación de tren, ella canta canciones para quien quiera escuchar.

Me contaron los del mercado que han puesto flores en el balcón por los hijos que ella perdió, porque no tuvo tiempo de quedarse haciendo el amor.

Alguien se lo llevó, ni una triste rosa le dejó.
Y en el banco que queda donde la estación de tren, ella canta canciones para quien quiera escuchar.

La nostalgia que trajo desde su hogar, y la historia de una vieja manta que se olvidó en aquel cajón del aparador, aquel día que no paraba de llover.

(Me encanta esta canción, y sin embargo, también me pone triste)

Nubes


Todos nacemos en una nube. Donde están nuestros padres, que nos protegen de las cosas malas de la vida, de los golpes, que tienen cuidado de que no nos caigamos. Pero llega un momento en el que ellos se bajan. Nosotros les expulsamos de la nuestra. Nos creemos lo suficientemente fuertes para pilotar la nube sin ellos. Y se van en otra nube, o aterrizan en el suelo. Y nosotros tenemos que volar solos. Y tienes que tener cuidado, porque si vas muy deprisa te chocas con otras nubes. Pero estás en la edad en la que crees que lo sabes todo, y aún así sigues creyendo en cuentos de hadas. Y un día te chocas. Y te la pegas. Y tienes que comerte la realidad, de golpe. Y ver como hay gente que seguirá en sus nubes toda la vida, y como la tuya se va, rota, y no vuelve nunca.

(Te) Quiero

Quiero…

Quiero encontrar a alguien que me quiera. (como soy)

Que me abrace cuando tenga frío.

Que me llame princesa (sí, soy una ñoña, pero me gusta)

Que me de besitos en los párpados.

Que me bese bajo la lluvia.

Que me quiera por algo más de lo que tengo entre las piernas (o entre los brazos)

Que me de masajes en la espalda.

Que entienda que tengo amigas y una vida aparte de él.

Que no escupa por la calle.

Que le gusten mis ojos (por ejemplo)

Que me acaricie el pelo.

Y que exista!

Sin título



Estoy demasiado vaga para pensar en un
título decente que escribir en la primera entrada de blog.

Estaba pensando en una tarde de no hace muchas lunas en la que yo me encontraba prisionera de unos brazos masculinos y en lo bien que puede sentar esa postura (estúpida para cualquier extraterrestre que no sepa lo que es un abrazo) al lado de un río contaminado y un puente que hace un ruido extraño cuando las nubes soplan y hacen lo que los humanos denominan “viento”.

Un mosquito está revoloteando entre mis pantalones de yonqui, que hoy no he robado en el H&M (no suelo robar…en el H&M) y suena jazz de Nueva Orleans…pero no sé de dónde sale. Si lo supiera, metería a los músicos en una botellita y la abriría por las noches…para dormir mejor y tener sueños eróticos con Woody Allen (en sus buenos tiempos…)

Me acabo de comer un kiko (maicitos para mis compañeros homo-sapiens gallegos). Y me voy.
Porque tengo frío y nadie que me caliente.

Sigue sonando jazz en la lejanía…